Herederos de los cafés cantantes del siglo XIX, el tablao es el lugar en que se desarrolla el flamenco desde mediados de siglo XX en adelante. Uno de ellos, al menos, de vital importancia para esta cultura. El Corral de la Morería, que comenzó su andadura en 1956 de manos de Manuel del Rey, presume de establecer desde Madrid el modelo de espectáculo que se siguió en el resto de locales. Los tablaos proliferaron primero en la capital: Zambra, El Duende, Torres Bermejas… Después se extendieron por otras zonas de España y del mundo: cabe mencionar que Japón es el segundo país con más tablaos flamenco. Y siguen más que vigentes.
Se denominan así por las tablas de madera que sirven como escenario. Dice Blanca del Rey que «en el tablao se ve todo, por eso no a todos les gusta subirse»
El éxito de estos establecimientos en los que el arte era el atributo esencial y la gastronomía y el ocio convivían supuso la cristalización de todo un circuito que permitía la estabilidad laboral de los artistas, con todo lo que ello supone. Los mejores estaban en los tablaos: La Paquera, Terremoto, Camarón, Paco de Lucía o Manolo Caracol, cantaor y empresario de Los Canasteros. También El Güito, Mario Maya y tantísimos otros. Estos espacios suponían motores creativos en los que los artistas se reunían en comunión para la creación. ¿Cuáles eran sus principales características? Una semilla que germinó hace décadas y que desde entonces ha evolucionado, llegando al presente llena de vitalidad.
Espacio íntimo
Se denominan así por las tablas de madera que sirven como escenario. Un material idóneo para el sonido del zapateado. No poseen grandes aforos, sino que, más bien, priman la calidad por encima de la cantidad. Un ambiente recogido, en cercanía con los intérpretes, en el que el público se distribuye en sillas y mesas.

Corral de la Morería es el único espacio escénico del mundo, no ya el único tablao flamenco, que cuenta con una Estrella Michelín, y es que parte de la experiencia de estos singulares centros pasa por los fogones. También por la bodega, donde tanto tiene que decir Jerez.
Cante, baile y guitarra
En los tablaos flamencos se dan cita las tres disciplinas artísticas del arte jondo: el cante, el baile y la guitarra. Y todas ellas se distribuyen en números, de modo que podemos disfrutar del cante para el baile y para adelante, como se dice cuando están solos uno o dos cantaores en las tablas. También del baile en sí, la sonanta de acompañamiento y, desde que Serranito lo impusiera, de concierto, donde el músico ofrece habitualmente unas pinceladas.
Evolución continua del tablao
Este modelo ha evolucionado desde entonces. El tablao se abre a nuevos públicos, tanto nacional como extranjero. Y terminan por acudir a él aficionados y curiosos que ansían disfrutar de nuevos conceptos de danza, aunque siempre con un peso específico de la raíz. Se originan espectáculos propios. Se produce. De modo que hay quien repite, porque siempre ve algo diferente.
Artistas de gran envergadura
Cada noche, entonces, es distinta en el tablao. El cuerpo fijo va variando. Hay artistas invitados. Unos que están por semanas y otros por meses. La baraja de palos que se interpretan se modifica y así se origina un ecosistema propio. De goce para los que vienen a paladear la música y el baile, y de encuentro entre los protagonistas, que además se enfrentan a una experiencia muy distinta a la del teatro o el festival, como todos ellos reconocen. Dice Blanca del Rey que en «en el tablao se ve todo, por eso no a todos les gusta subirse».
Después de todo, la principal característica que no ha variado es que en espacios como el Corral de la Morería siguen estando los artistas de mayor altura del presente y las promesas aún por explotar: Alfonso Losa, Patricia Guerrero, Eduardo Guerrero, Manuel Liñán… Lo que ellos crean es el alma del tablao. El envoltorio (las mesas, los cuadros, las luces, la gastronomía…) su estado natural.