Entre los años 50 y 60 se impuso, desde Madrid, un modelo de espectáculo de flamenco que se extendería por otras zonas de España y el mundo. Y que llega, cómo no, hasta nuestros días en muy buen estado de forma. A mediados del siglo XX se produjo el nacimiento de los tablaos, un gran polo de atracción turística, laboral y social dentro un país que iniciaba una etapa de aperturismo en su dictadura. Iban a suponer, en realidad, mucho más.
Los motores creativos de la época, que hicieron que la ciudad se poblase de los más destacados artistas, fueron los tablaos, alrededor de los cuales se fundaron espontáneos barrios flamencos. En ellos se cambió la historia de este género musical, porque fueron mucho más que salas donde se programaba cante, baile y guitarra y que, por tanto, ofrecían trabajo estable a los artistas, con todo lo que eso supone. Se convirtieron en auténticos laboratorios en los que se formaban quienes estaban empezando y se desarrollaban los que estaban ya consolidados.
Herederos de los cafés cantantes, las ventas y colmados, como el Villa Rosa, que vivió varias épocas desde 1911, comenzaron a ofrecer arte íntimo en cercanía con los intérpretes. Con números especiales, formatos concretos, en los que el baile ocupaba un papel muy destacado, gastronomía y público tanto nacional como local. Cambiaban los tiempos y los intereses de los espectadores. Diferentes cuadros se instalaban en cada espacio, a menudo formados por artistas provenientes de otras comunidades, sobre todo, de Andalucía. Cada jornada, los miembros del cuadro miraban la programación y veían lo que tocaba: hoy baila tal, canta este otro, solo de guitarra, algo que impuso Serranito, y este otro número especial. Que comience el espectáculo.
Artistas de los tablaos
Encontramos propuestas muy diferentes en la escena de los tablaos de Madrid. El Trío Los Bolecos, con Farruco, Rafael El Negro y Matilde Coral como protagonistas, y el Trío Madrid, con Mario Maya, El Güito y Carmen Mora, se desarrollaron prácticamente a la par. Nacieron otras formaciones mientras algunos artistas se convirtieron en reclamos.
Podías ver surgir a Las Grecas en Los Canasteros y a Los del Río, un dúo de sevillanas y rumbas, mientras por los mismos ambientes se movían Fernanda de Utrera, Terremoto de Jerez, figuras históricas como El Gallina y unos jóvenes Camarón, Paco de Lucía, José Menese y El Lebrijano
Podías ver surgir a Las Grecas en Los Canasteros (1963-1973) y a Los del Río, un dúo de sevillanas y rumbas, mientras por los mismos ambientes se movían Fernanda de Utrera, Terremoto de Jerez, figuras históricas como El Gallina, este por El Zambra (1954-1975), y unos jóvenes Camarón, Paco de Lucía, José Menese, quien llegó hasta Madrid en moto desde La Puebla de Cazalla con el dibujante Chumy Chúmez, y El Lebrijano. Estaba Manzanita y Bambino, Lola Flores y José Mercé, Blanca del Rey, La Paquera, María Vargas, La Perla, Indio Gitano, Beni de Cádiz, Enrique Morente, Manolo Sanlúcar, El Tupé, Jarrito, que en Marbella fundó La Pagoda, los Habichuela, los Sordera y una nómina que se antoja interminable. Estaban, por así decirlo, todos.
El Corral de la Morería (1956-actualidad), el único tablao del mundo con una Estrella Michelín, fue uno de los pioneros a la hora de ofrecer ese formato de espectáculo de flamenco que se fue armando, como El Zambra, donde estaba, entre otros, Rafael Romero Gallina, que tanto influyó en artistas como Carmen Linares, la voz femenina de aquella generación. Es decir, estableció en su origen unas bases que sirvieron de modelo y que hoy siguen en continuo desarrallo.
El Corral de la Morería, de hecho, está considerado por la prensa especializada como el «mejor tablao del mundo». Cuenta con premios Nacionales de Danza en su cartel. Posee, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Flamenco y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes por su trabajo a lo largo de las décadas. También ha sido seleccionado en el libro ‘1.000 places to see before you die’, nº1 en New York Times y su escenario presume de haber presenciado hitos como el estreno de ‘Entre dos aguas’.

En el Madrid de ese tiempo, pongamos, de los 50 a los 70, se consolidaron grandes templos en los que actuaban los mejores artistas de entonces, verdaderas catedrales de este arte que vivió una época dorada en la capital española. Merece una mención especial, además de los ya mencionados, Torres Bermejas (1960-actualidad), Café de Chinitas (1969-actualidad), el original Corral de la Pacheca (1971-2008), Las Brujas (1960-1982), El Duende (1958/60-1973), Las Cuevas de Nemesio (1960-1962/63) y Arco de Cuchilleros (1961-actualidad), por citar algunos de ellos. Hoy, desde luego, el listado sería diferente, aunque igualmente caudaloso.
Se ubicaban en el casco histórico de Madrid: cerca de la Gran Vía y la Cava Alta, en Cuchilleros, la calle a la que tantas letras flamencas hacen referencia, las proximidades de la Plaza Mayor, La Latina, Lavapiés… Un público nacional e internacional, aficionados cabales y estrellas de Hollywood, se daban cita alrededor del cante, el baile y la guitarra. El exotismo de España encandilaba a los foráneos, pero sus paisanos, nosotros, nunca renunciamos a él, y así se desarrolló de forma única toda una cultura en sí, cuya sombra se extiende hasta hoy.
En Sevilla, Málaga y Granada, incluso en Estados Unidos y Japón, el país con más tablaos después de España, se abrieron inmediatamente después plazas importantes: Los Gallos, El Arenal, Cueva de la Rocío, Los Tarantos… Lo que con artistas provenientes de otras zonas surgió en Madrid fue de vuelta a esas otras zonas. El flamenco voló por los tablaos con raíces y alas.