De fondo, el oído puede confundir este palo, uno de los más remotos de los que se tiene constancia, con la soleá, igual que sucede con el polo. La caña, sin embargo, se distingue fácil por esos tonos intermedios similares a los de la serrana y las escalas que siguen una melodía fija en el ayeo. Es ahí donde el polo y la caña difieren levemente, pues las subidas y bajadas son en distintos tercios. Pruebo de esta confusión es que la caña puede llevar en el remate una soleá.
El primero en grabarla fue El Tenazas de Morón, ganador del Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922. Aunque ya Tío Luis el de la Juliana, considerado el primero de los cantaores, la interpretaba, como apuntó Demófilo, folclorista y padre de los Machado.
Son muchos los que han cantado este estilo recio del flamenco del que otros, como la jabera, beben. Sin embargo, la versión más extendida es la de Antonio Chacón, con las escalas muy definidas en la ya célebre estrofa «A mí me pueden mandar/ a servir a Dios y al Rey,/ pero dejar a tu persona/ eso no lo manda la ley», a lo que seguiría la característica escala que antes comentábamos y el macho, cierre del cante.