De tres o cuatro versos octosílabos, a la soleá se le conoce como la madre del cante por ser uno de los palos matrices del flamenco. Su compás es de amalgama, combinando el seis por ocho y el tres por cuatro, a la inversa que la seguirilla. El tempo, pausado. Y una infinidad de estilos, repartidos geográficamente, según la flamencología, entre Triana, Utrera, Lebrija, Marchena, Jerez, Cádiz y Córdoba, hablan de su riqueza.
Dicen que nadie cantó mejor que Fernanda de Utrera por soleá. Pero cada soleá, en el fondo tiene un matiz. Se lo aporta el estilo y el intérprete. Por ejemplo, en Cádiz, las más populares son las tres del Mellizo y las otras tres de Paquirri. Dentro de cada una de ellas, además, podemos escuchar versiones. Tal es el caso de las de Aurelio Sellés o la del Morcilla, que son recreaciones a partir de la base del Mellizo.
Sus letras son sentenciosas. De gran altura literaria, habiendo desatado corrientes que siguen poetas como Rafael Montesinos y Manuel Alcántara, dos de los maestros de la soleá. La soleá, por todo ello, es uno de los palos imprescindibles en todo disco, recital y espectáculo. Un canto individual, expresivo y con libertad para el artista, que encuentra en su estructura un aluvión de melodías, armonías y variaciones.