Entre los cantes de laboreo, esos que se cultivaron en las zonas rurales, es decir, durante el trabajo de campo, las trillas, o trilleras, ocupan un lugar central. Su melodía guarda semejanzas estrechas con la de la nana, mientras que su proceso de aflamencamiento se produjo algo antes, durante el siglo XIX.
Admite las tres tonalidades propias de los cantes flamencos: el frigio andaluz, la escala mayor y la menor. No lleva acompañamiento de guitarra y estuvo muy extendida por zonas de toda España, especialmente en las provincias de Córdoba, Jaén y Granada.
El compás de está toná es libre. Como curiosidad, no suelen incorporarse jaleos a su ejecución, sino voces arrieras del propio cantaor, que hacen referencia a las mulas y al oficio en sí.
Bernardo de los Lobitos las grabó para Hispavox en 1954 en una popular antología, la cual ha servido de base. Más tarde, la han cantado otros como Juanito Valderrama y Fernando de la Morena, quien trabajó en los campos jerezanos, así como jóvenes como Ezequiel Benítez y El Perrete.