A distintos derroteros nos puede conducir la palabra fandango: bailes mexicanos y colombianos, por ejemplo, también composiciones clásicas. Así que centremos el prisma en el fandango como música popular española que se asienta en diferentes regiones, donde también se bailan, y que cobra un matiz flamenco en muchas de ellas.
Es, a su vez, la forma que más variantes ha originado: los cantes de las minas, los abandolaos, las malagueñas y las granaínas provienen del fandango. Este, en su estructura, se compone de quintillas en las que se arranca desde el segundo verso, que se repite tras volver al primero. Encierra en su literatura grandes relatos que el pueblo (o autores anónimos, mejor) compone en un principio. También hay fandangos de reciente creación, escritos por poetas y artistas como José de la Tomasa.
En Huelva, donde es más amplia la baraja de estilos, han sido declarados Bien de Interés Cultural. Este patrimonio tiene especial arraigo en otras provincias como Málaga, Granada y Almería. Su compás es ternario, pero en el flamenco, también, existe el que se denomina fandango natural. Es decir, de compás libre. Huelva influyó enormemente en la Sevilla cuando la Alameda vivió una época dorada y artistas como Manuel Torre, El Gloria y Manuel Centeno bebieron de las esencias onubenses, creado todo un entramado de fandangos personales.
Durante la Ópera Flamenca y hasta los años 50, fue el palo más interpretado. Cada artista trataba de tener el suyo particular y hubo quien desarrolló su carrera basada exclusivamente en el fandango. Gordito de Triana, por ejemplo, o Paco Toronjo, el gran embajador del fandango del Alosno y, en realidad, de la provincia de Huelva.